sábado, enero 05, 2013
Un poco de Schulz
martes, diciembre 25, 2012
Madurar hacia la infancia
Regreso sin ánimos de ordenar, sin querer controlar o crear una rutina, casi como el primer día que abrí mi blog: para ver qué pasa. Muchas cosas ocurren en mi vida que apuntan al pasado, a la nostalgia, a esa energía primigenia que el tiempo y las responsabilidades terminan encerrando. Quisiera ver esta sed de regresar como un acto de sincronicidad, como una respuesta natural a toda la onda nostálgica que me ha impregnado en los últimos meses (libros, música, trabajos y hasta juegos), a ese proceso de "madurar hacia la infancia" del que habla Schulz en cada cuento. ¿Y qué sentido tiene dormir una hora menos escribiendo acá?, ninguno, al igual que tampoco lo tienen las horas de juego cuando éramos niños en esas tardes infinitas que hoy se pierden en el tráfico de nuestra caótica ciudad. Justamente por eso, porque en una vida llena de responsabilidades, de deadlines y apuestas altas, hace falta un espacio donde pueda recordar quién era y quién soy.
Me despido con una cita de Schulz, la misma que me despertó de mi letargo.
"Los sucesos ordinarios están alineados en el tiempo, permanece enhebrados en su curso como en un hilo. Allí tienen sus antecedentes y sus consecuencias que, apretujándose, se pisan los talones sin parar, sin cesar (...). Más, ¿qué hacer con los acontecimientos que no tienen su propio lugar en el tiempo, los acontecimientos que llegaron demasiado tarde, cuando el tiempo ya había sido distribuido, compartido, descompuesto, y ahora se hallan suspendidos, no clasificados, flotando en el aire desamparados y errantes? ¿Acaso el tiempo es demasiado insignificante para estos sucesos?" El sanatorio de clepsidra - Bruno Schulz
domingo, julio 31, 2011
Ataque de lucidez al amanecer
Hay 2 cosas que jamás toleraré como lector: los malos escritores y los malos lectores. Lastimosamente, el mundo está cada día más y más plagado de ellos. Lo único bueno es que se puede erradicar esta desgracia de una manera muy sencilla: cerrando sus libros para siempre.
Sólo le pido a Dios una cosa como escritor: sálvame de caer en el cliché de mi generación. Prefiero ser de por vida un lector o tener 2 o 3 cuentos publicados en alguna antología; de hecho, prefiero ser un Bartleby. El mutismo absoluto se me antoja mil veces mejor que pasar a ser parte de las filas de escritores que se creen “irreverentes” por poner en una novela groserías, que se perfilan como radicales y terminan vendiendo las mismas verdades que cualquier Coelho (pero pintándose como si fuesen la reencarnación de Kerouac… sin siquiera haberlo leído). Escritores que se creen cronistas de su época por utilizar escenarios y guiños conocidos hoy, pero que el tiempo devorará en un par de años.
No hay nada peor que venderse como un “chico malo” y escribir “culo, teta” para terminar describiendo el amor con mariposas en el estómago y demás lugares comunes. Señores, por lo que más quieran, dejen de escribir. Sus libros en los anaqueles sólo dispersan a los lectores y terminan alejándolos de la buena literatura.
Por lo que más quieran, lean. Lean hasta que les sangren los ojos. Pero lean de verdad. Nada de Gabo o gente conocida: lean lo que los escritores leen. Lean gente muerta, con décadas o siglos de distancia entre ellos y ustedes. Lean con conciencia, intenten entender qué es lo que los hace flipar de un libro o por qué demonios después de tanto tiempo los griegos siguen teniendo la razón en todo. Lean y descifren paradojas como “¿por qué ya nadie sabe quién es Bruno Schulz si es tan bueno?”. Se darán cuenta que por mediocres como ustedes es que la literatura -y el mundo- se nos está yendo al carajo.
Por eso lean y quédense en silencio. Y si van a decir algo, por amor a todos los cielos, que sea algo que valga la pena escuchar.
jueves, mayo 19, 2011
Nueva presentación de "Fiesta de la ficción"
Los escritores -valga la redundancia- escribimos todo el tiempo. Aunque no toquemos ni una tecla, estamos escribiendo constantemente en nuestra cabeza, versionando todo lo que nos sucede. Sea en una servilleta, una libreta o en el celular (mi sucedáneo por excelencia de ambos), escribimos diálogos, ideas, escenas o detalles para después sembrar en alguna noche esa semilla de la que podría nacer algún milagro que sea digno de compartir con otros. En esta eterna escritura y reescritura me encuentro ahora. Una tontería como comer un helado, reescrita en nuestra cabeza, usando palabras específicas, toma cierta importancia.
“Ella comía su helado de manera obsesiva, hundía la paleta hasta el fondo del recipiente como si escarbara en búsqueda de alguna verdad sepultada en el tiempo. Observaba con toda la atención del mundo el proceso y una vez llegado el fondo retraía la paleta a toda velocidad hasta su boca, como si de aquello dependiera su vida. Estaba completamente abstraída en aquella tarea y yo temía por ella: parecía que al terminar la última onza de aquel elixir fallecería. Sólo me consolaba que su muerte sería una apacible despedida con sabor a tiramisú y topping de chocolate... sin ánimos de sonar suicida, ¿quién podría resistirse a pasar al Hades de esa forma?”
Los escritores escribimos en lugares casi designados para nosotros: parques, cafés, en la soledad de un cuarto, en la cama, en un escritorio. De eso existe muchísimas escenas en el cine y creo que retratar esa típica imagen del escritor con lentes, fumando, tomando café (lo licor) en la medianoche sería un cliché. De lo poco que se habla es de los lugares no habituales para escribir: en la espalda desnuda de una mujer, a mitad de una clase, mientras se come, en el cine, en la clínica, o, como ahora me encuentro, en un bus.
Es tarde, todos los pasajeros duermen, el autobus pasa a toda velocidad por una carretera que se perfila infinita. Me duele el cuerpo: tengo más de 3 horas sentado y pasarán unas 3 más antes de llegar al hotel. Si se hiciera un plano general del autobus se vería un grupo de personas como en trance -ojos cerrados, boca abierta, frente mirando al cielo- y una luz iluminando a una suerte de monje con capucha. La cámara se acerca y consigue a un chico tecleando frenéticamente en su computadora. Lo que sigue es cliché: lentes, cara de trasnochado y mueca de concentración. Puedo llegar a ser el estereotipo de escritor, lo único que puedo tener en mi defensa es que no me tomo demasiado en serio y eso me resta esa aura de “solemnidad” que todo escritor tiene. Me hace humano. Repetitivo. Terrenal. Tal como soy, como ustedes, como todo.
Desde hace rato buscaba excusas para revivir mi blog, pero ya saben que mi círculo vicioso amor-odio con el trabajo me separa de este espacio. Igual, conseguí una excusa que se transformó en un MUST y aquí estoy (además, estoy de viaje, como en mi último post, así que eso me inspira)
El próximo viernes, 27 de mayo, en la "Feria de lectura de Chacao", en el salón Obelisco, a las 8pm, se presentará por segunda vez la antología “Fiesta de la ficción”, donde tuve el honor de participar junto con otros 20 escritores, compañeros de Peña desde hace 4 años. Por segunda vez, tendré el privilegió de dar unas palabras para presentar el libro (junto con nuestro mentor, Sael Ibañez y el editor del libro, Bernardo Infante de BID & CO; además, un par de compañeros leerán relatos cortos que se encuentran en la antología). Valga la cuña para invitar a los lectores de Blue Fields al evento.
... Y como hoy estoy multi-task, aprovecho para desenterrar una entrevista que me hicieron en RCR junto con otros escritores de la antología. Esto fue en diciembre, en el programa Librería Sónica de mi querido amigo y compañero de blog Jason Maldonado. La conversación fue bastante relajada: hablamos del libro y nuestras preferencias literarias, leímos fragmentos de nuestros cuentos, nos reímos (en pocas palabras, todo lo que una conversación debe tener para no aburrir). Acá les dejo el link para que nos escuchen y los espero el viernes 27 de mayo en la presentación de la antología. Pueden invitar a quienes quieran, la idea es hacernos porras jeje.
Entrevista Fiesta de la ficción, aquí

viernes, abril 01, 2011
Apologías y tribulaciones de un viajero
viernes, marzo 25, 2011
Porque me dio la gana
viernes, octubre 22, 2010
Poema del mes (octubre) y Fiesta de la ficción
¡Hola a todos! Aprovecho la excusa de colgar un poema para revivir el espacio y hacer algo de publicidad. Este sábado 23 de octubre en el Centro Cultural Chacao (detrás del Centro Comercial Lido), a las 11am se realizará el bautizo de la antología de cuentos Fiesta de la ficción. En el libro participan una veintena de autores (algunos publicados, otros ganadores de premios y unos cuantos inéditos), entre ellos está su servidor con un relato que escribí hace unos cuantos años atrás. Si no pueden asistir, el libro ya se encuentra a la venta en varias librerías (en las Alejandría, Noctua, Templo interno, El Buscón, entre otras). En varios periódicos y sitios web han rondado un par de reseñas del libro, al final les dejo algunos links para que se enteren a ciencia cierta de qué va esta recopilación de relatos. Después de esta breve digresión los dejo con el Poema del mes de nuestra querida Emily.
jueves, septiembre 30, 2010
El poema del mes (septiembre)
miércoles, septiembre 15, 2010
La muerte del amor
¡Hola a todos!, cumpliendo religiosamente con mis obligaciones de no dejar morir Blue Fields, comparto con ustedes otro fragmento espectacular del libro con el que he tenido un crush el último mes. Después de leer En busca del tiempo perdido no pensé que volvería a toparme con tal nivel de lucidez en Proust... Hoy, frente a su primer libro (¡y escrito a los 23 años, fuck, es inmoral tal nivel de maestría a tan corta edad!), sólo puedo seguir adorándolo y confirmando su genialidad... Definitivamente, pocos escritores habrán conocido de forma tan precisa el alma humana, sobre todo, ese mundo complejo y brumoso como lo son los sentimientos... ¡Espero que lo disfruten!

XXI. LAS RIBERAS DEL OLVIDO
Marcel Proust (fragmento de Los placeres y los días)
“Dicen que la Muerte embellece a los que hiere y exagera sus virtudes, pero en general es más bien la vida la que los perjudicaba. La muerte, ese testigo compasivo a irreprochable, nos enseña, de acuerdo a la verdad, de acuerdo a la caridad, que en cada hombre hay, por lo común, más bien que mal.” Lo cual dice aquí Michelet de la muerte, es quizás más verdadero con respecto a la muerte que sigue a un gran amor desdichado. El ser que tras habernos hecho sufrir tanto, ya no es nada para nosotros, ¿es bastante decir, de acuerdo a la expresión popular, “que ha muerto para nosotros”? Lloramos a los muertos, los seguimos amando, soportamos largo tiempo el irresistible atractivo del encanto que les sobrevive y que nos devuelve a menudo junto a sus tumbas. El ser, por el contrario, que todo nos lo ha hecho experimentar y de cuya esencia estamos saturados, no puede ya hacer pasar sobre nosotros la sombra misma de una pena o de una alegría. Está más muerto para nosotros. Después de haberlo considerado como la única cosa de valor en este mundo, después de haberlo maldecido, después de haberlo despreciado, nos es imposible juzgarlo, apenas se señalan los rasgos de su cara frente a los ojos de nuestro recuerdo, agotados de haber estado largo rato fijados en ellos. Pero ese juicio sobre el ser amado, juicio que ha variado tanto, torturando tan pronto con sus clarividencias a nuestro corazón ciego, tan pronto encegueciéndose también para ponerle término a ese cruel desacuerdo, debe cumplir una última oscilación. Como esos paisajes que se descubren únicamente desde las cimas, desde las alturas del perdón aparece en su valor verdadero la que estaba más que muerta para nosotros después de haber sido nuestra vida misma. Sólo sabíamos que no correspondía a nuestro amor; comprendemos ahora que tenía por nosotros verdadera amistad. No es el recuerdo el que la embellece, es el amor que la agraviaba. Para aquel que lo quiere todo y al que todo, de alcanzarlo, no le bastaría, recibir un poco le parece una absurda crueldad. Ahora comprendemos que era un don generoso de aquella que no desalentaran nuestra desesperación, nuestra ironía, nuestra tiranía perpetua. Siempre fue dulce. Varias frases recordadas hoy, nos parecen de una indulgente precisión, llenas de encanto varias frases de ella, que creíamos incapaz de comprendernos, porque no nos amaba. Nosotros, al contrario, hemos hablado de ella con egoísmo injusto y severidad. ¿No le debemos mucho, acaso? Si esa marea alta del amor se ha retirado para siempre, sin embargo, cuando paseamos dentro de nosotros mismos, podemos recoger extrañas caparazones encantadoras y al acercarlas al oído, oír con un placer melancólico y sin sufrir más, el amplio rumor de antaño. Entonces pensamos con enternecimiento en aquella que para nuestra desgracia fue más amada de lo que amaba. Ya no es “más que muerta” para nosotros. Es una muerta que uno recuerda afectuosamente. La justicia quiere que enderecemos la idea. que teníamos de ella. Y con la todopoderosa virtud de la justicia, resucita en espíritu en nuestro corazón para aparecer en ese juicio final que realizamos lejos de ella, con calma y los ojos sumidos en llanto.
domingo, septiembre 05, 2010
¿Cómo se debe vivir la vida?
La ambición embriaga más que la gloria; el deseo florece, la posesión marchita todas las cosas; es mejor soñar una vida, que vivirla, aunque vivirla siga siendo soñarla, pero menos misteriosamente y con menos claridad a la vez, con un sueño oscuro y pesado, similar al sueño disperso en la débil conciencia de los animales que rumian. Las piezas de Shakespeare son más hermosas vistas en el cuarto de trabajo que representadas en el teatro. Los poetas que han creado las enamoradas imperecederas no han conocido a menudo más que mediocres sirvientas de hostería, mientras que los más envidiados voluptuosos no saben concebir la vida que llevan o más bien que los lleva. He conocido a un chiquillo de diez años, de salud frágil y de imaginación precoz, que le había dedicado un amor puramente cerebral a una niña de más edad que él. Estaba horas en la ventana, para verla pasar, lloraba si no la veía, lloraba más aún si la había visto. Pasaba muy escasos, muy breves instantes junto a ella. Dejó de dormir, de comer. Un día, se arrojó par la ventana. Se creyó primeramente que la desesperación de no acercarse nunca a su amiga lo decidiera a morir. Se supo que al contrario, acababa de conversar muy largamente con ella; había sido infinitamente amable con él. Entonces se supuso que había renunciado a los días insípidos que le quedaban por vivir, después de esa embriaguez que quizás no tuviera ya oportunidad de renovar. Frecuentes confidencias, hechas antes a uno de sus amigos, hicieron inducir que experimentaba una desilusión cada vez que veía a la soberana de sus sueños; pero en cuanto se había ido, su imagina
ción fecunda devolvíale todo su poder a la chiquilla ausente y empezaba a desear verla de nuevo. Cada vez trataba de encontrar en la imperfección de las circunstancias el motivo accidental de su desilusión. Después de esa entrevista suprema en la que con su fantasía ya hábil había conducido a su amiga hasta la alta perfección de que era susceptible su naturaleza, comparando con desesperación esa perfección imperfecta con la absoluta perfección de que vivía, de que moría, se arrojó por la ventana. Después, ya idiota, vivió mucho tiempo, conservando de su caída el olvido de su alma, de su pensamiento, de la palabra de su amiga a la que encontraba sin verla. Ella, a pesar de las súplicas y las amenazas, se casó con él y murió varios años después sin haber logrado ser reconocida. La vida es como esa amiguita. La pensamos y la amamos por pensarla. No hay que tratar de vivirla: uno se arroja, como el chicuelo, en la estupidez, no de un golpe, porque todo en la vida se degrada por matices insensibles. Al cabo de diez años, ya no reconoce uno sus sueños, los reniega uno, se vive, como un buey, por la hierba que se ha de pastar en el momento. Y de nuestras nupcias con la muerte ¿quién sabe si podrá pastar nuestra consciente inmortalidad?