

Un lector que escribe, un cinéfilo que hace cine
¡Hola a todos!, cumpliendo religiosamente con mis obligaciones de no dejar morir Blue Fields, comparto con ustedes otro fragmento espectacular del libro con el que he tenido un crush el último mes. Después de leer En busca del tiempo perdido no pensé que volvería a toparme con tal nivel de lucidez en Proust... Hoy, frente a su primer libro (¡y escrito a los 23 años, fuck, es inmoral tal nivel de maestría a tan corta edad!), sólo puedo seguir adorándolo y confirmando su genialidad... Definitivamente, pocos escritores habrán conocido de forma tan precisa el alma humana, sobre todo, ese mundo complejo y brumoso como lo son los sentimientos... ¡Espero que lo disfruten!
XXI. LAS RIBERAS DEL OLVIDO
Marcel Proust (fragmento de Los placeres y los días)
“Dicen que la Muerte embellece a los que hiere y exagera sus virtudes, pero en general es más bien la vida la que los perjudicaba. La muerte, ese testigo compasivo a irreprochable, nos enseña, de acuerdo a la verdad, de acuerdo a la caridad, que en cada hombre hay, por lo común, más bien que mal.” Lo cual dice aquí Michelet de la muerte, es quizás más verdadero con respecto a la muerte que sigue a un gran amor desdichado. El ser que tras habernos hecho sufrir tanto, ya no es nada para nosotros, ¿es bastante decir, de acuerdo a la expresión popular, “que ha muerto para nosotros”? Lloramos a los muertos, los seguimos amando, soportamos largo tiempo el irresistible atractivo del encanto que les sobrevive y que nos devuelve a menudo junto a sus tumbas. El ser, por el contrario, que todo nos lo ha hecho experimentar y de cuya esencia estamos saturados, no puede ya hacer pasar sobre nosotros la sombra misma de una pena o de una alegría. Está más muerto para nosotros. Después de haberlo considerado como la única cosa de valor en este mundo, después de haberlo maldecido, después de haberlo despreciado, nos es imposible juzgarlo, apenas se señalan los rasgos de su cara frente a los ojos de nuestro recuerdo, agotados de haber estado largo rato fijados en ellos. Pero ese juicio sobre el ser amado, juicio que ha variado tanto, torturando tan pronto con sus clarividencias a nuestro corazón ciego, tan pronto encegueciéndose también para ponerle término a ese cruel desacuerdo, debe cumplir una última oscilación. Como esos paisajes que se descubren únicamente desde las cimas, desde las alturas del perdón aparece en su valor verdadero la que estaba más que muerta para nosotros después de haber sido nuestra vida misma. Sólo sabíamos que no correspondía a nuestro amor; comprendemos ahora que tenía por nosotros verdadera amistad. No es el recuerdo el que la embellece, es el amor que la agraviaba. Para aquel que lo quiere todo y al que todo, de alcanzarlo, no le bastaría, recibir un poco le parece una absurda crueldad. Ahora comprendemos que era un don generoso de aquella que no desalentaran nuestra desesperación, nuestra ironía, nuestra tiranía perpetua. Siempre fue dulce. Varias frases recordadas hoy, nos parecen de una indulgente precisión, llenas de encanto varias frases de ella, que creíamos incapaz de comprendernos, porque no nos amaba. Nosotros, al contrario, hemos hablado de ella con egoísmo injusto y severidad. ¿No le debemos mucho, acaso? Si esa marea alta del amor se ha retirado para siempre, sin embargo, cuando paseamos dentro de nosotros mismos, podemos recoger extrañas caparazones encantadoras y al acercarlas al oído, oír con un placer melancólico y sin sufrir más, el amplio rumor de antaño. Entonces pensamos con enternecimiento en aquella que para nuestra desgracia fue más amada de lo que amaba. Ya no es “más que muerta” para nosotros. Es una muerta que uno recuerda afectuosamente. La justicia quiere que enderecemos la idea. que teníamos de ella. Y con la todopoderosa virtud de la justicia, resucita en espíritu en nuestro corazón para aparecer en ese juicio final que realizamos lejos de ella, con calma y los ojos sumidos en llanto.
La ambición embriaga más que la gloria; el deseo florece, la posesión marchita todas las cosas; es mejor soñar una vida, que vivirla, aunque vivirla siga siendo soñarla, pero menos misteriosamente y con menos claridad a la vez, con un sueño oscuro y pesado, similar al sueño disperso en la débil conciencia de los animales que rumian. Las piezas de Shakespeare son más hermosas vistas en el cuarto de trabajo que representadas en el teatro. Los poetas que han creado las enamoradas imperecederas no han conocido a menudo más que mediocres sirvientas de hostería, mientras que los más envidiados voluptuosos no saben concebir la vida que llevan o más bien que los lleva. He conocido a un chiquillo de diez años, de salud frágil y de imaginación precoz, que le había dedicado un amor puramente cerebral a una niña de más edad que él. Estaba horas en la ventana, para verla pasar, lloraba si no la veía, lloraba más aún si la había visto. Pasaba muy escasos, muy breves instantes junto a ella. Dejó de dormir, de comer. Un día, se arrojó par la ventana. Se creyó primeramente que la desesperación de no acercarse nunca a su amiga lo decidiera a morir. Se supo que al contrario, acababa de conversar muy largamente con ella; había sido infinitamente amable con él. Entonces se supuso que había renunciado a los días insípidos que le quedaban por vivir, después de esa embriaguez que quizás no tuviera ya oportunidad de renovar. Frecuentes confidencias, hechas antes a uno de sus amigos, hicieron inducir que experimentaba una desilusión cada vez que veía a la soberana de sus sueños; pero en cuanto se había ido, su imagina
ción fecunda devolvíale todo su poder a la chiquilla ausente y empezaba a desear verla de nuevo. Cada vez trataba de encontrar en la imperfección de las circunstancias el motivo accidental de su desilusión. Después de esa entrevista suprema en la que con su fantasía ya hábil había conducido a su amiga hasta la alta perfección de que era susceptible su naturaleza, comparando con desesperación esa perfección imperfecta con la absoluta perfección de que vivía, de que moría, se arrojó por la ventana. Después, ya idiota, vivió mucho tiempo, conservando de su caída el olvido de su alma, de su pensamiento, de la palabra de su amiga a la que encontraba sin verla. Ella, a pesar de las súplicas y las amenazas, se casó con él y murió varios años después sin haber logrado ser reconocida. La vida es como esa amiguita. La pensamos y la amamos por pensarla. No hay que tratar de vivirla: uno se arroja, como el chicuelo, en la estupidez, no de un golpe, porque todo en la vida se degrada por matices insensibles. Al cabo de diez años, ya no reconoce uno sus sueños, los reniega uno, se vive, como un buey, por la hierba que se ha de pastar en el momento. Y de nuestras nupcias con la muerte ¿quién sabe si podrá pastar nuestra consciente inmortalidad?
XI. ESCENARIO, Marcel Proust (fragmento de Los placeres y los días)
Honorio está sentado en su habitación. Se levanta y se mira en el espejo:
Su corbata. -Van muchas veces que cargas de languidez y que ablandas soñadoramente mi nudo expresivo y algo deshecho. Estás, por lo tanto, enamorado, querido amigo; ¿pero, por qué estás triste?
Su pluma. - Sí, ¿por qué estás triste? Desde hace una semana, me agotas, amo mío, y sin embargo, he cambiado bastante el tipo de mi vida. Yo que parecía dedica- da a tareas más gloriosas, creo que ya no escribiré más que cartas galantes a juzgar por ese papel de cartas que acabas de encargar. Pero esas cartas galantes serán tristes, como me lo presagian las desesperaciones nerviosas en las que me sorprendes y me descansas de golpe. Estás enamorado, querido amigo, ¿pero por qué estás triste?
Rosas, orquídeas, hortensias, cabellos de Venus; aguileñas, que llenan el cuarto. - Nos has amado siempre, pero nunca nos llamaste a tantos a un tiempo para encantarte con nuestras posturas altivas y delicadas, nuestro gesto elocuente y la voz conmovedora de nuestros perfumes. Verdad es que lo presentamos las frescas gracias de la bienamada. Estás enamorado, ¿pero por qué estás triste?
Libros. - Siempre fuimos tus prudentes consejeros, siempre interrogados, siempre desoídos. Pero si no lo hemos hecho obrar, lo hicimos comprender; corriste asimismo a la derrota, pero por lo menos no has combatido en la sombra y como en una pesadilla: no nos apartes como a viejos maestros que uno ya no quiere. Nos has tenido en tus manos infantiles. Tus ojos aún puros se asombraron al contemplarnos. Si nos amas por nosotros mismos, ámanos por todo lo que recordamos, por todo lo que has sido y por todo lo que podías haber sido. Haberlo podido ser, ¿no es ya un poco, mientras pensabas en ello, haberlo sido? Ven a oír nuestra voz familiar y sermoneadora; no lo hablaremos porque estás enamorado, pero si porque estás triste y si nuestro niño se desespera y llora, le contaremos cuentos, lo arrullaremos como antaño cuando la voz de su madre prestaba a nuestras palabras su dulce autoridad, frente al fuego que ardía con todas sus chispas, con todas tus esperanzas y todos tus sueños.
Honorio. - Estoy enamorado de ella y creo que me amará. Pero mi corazón me dice que yo, que fui tan tornadizo, estaré siempre enamorado de ella y mi buena hada sabe que sólo me amará un urea. He aquí por qué, antes de entrar en el paraíso de esas alegrías breves, me detengo en el umbral para enjugarme los ojos.
Su buena hada. - Querido amigo, vengo del cielo a traerte la gracia, y la felicidad dependerá de ti. Si durante un mes, a riesgo de echar a perder con tantos artificios las alegrías que te prometías con los comienzos de ese amor, desdeñas a la que amas, si sabes practicar la coquetería y afectar la indiferencia, no llegas a la cita que conciertas y apartas tus labios de su pecho que lo ofrecerá como un manojo de rosas, vuestro amor fiel y compartido se edificará para la eternidad sobre la base incorruptible de la paciencia.
Honorio (Saltando de alegría). - Mi buena hada, te adoro y te obedeceré.
El pequeño péndulo de Sajonia. - Tu amiga es inexacta, mi aguja ha ido más allá del minuto en que la soñabas desde tanto tiempo atrás, y en que debía llegar la bienamada. Mucho temo tener que ritmar aún bastante tiempo con mi tictac monótono la espera melancólica y voluptuosa; a pesar de conocer el tiempo, nada comprendo de la vida; las horas tristes ocupan el lugar de los minutos alegres, se confunden dentro de mí como abejas en una colmena...
La campanilla se hace oír; un sirviente va a abrir la puerta.
La buena hada. - Piensa en obedecerme y que de ello depende la eternidad de mi amor.
El péndulo late febrilmente, se inquietan los perfumes de las rosas y las orquídeas atormentadas se inclinan ansiosamente hacia Honorio; una parece mala. Su pluma inerte lo contempla con la tristeza de no poder moverse. Los libros no interrumpen su grave murmullo. Todo le dice : “Obedece al hada y piensa que de ello depende la eternidad de tu amor. . .”
Honorio (sin vacilar). - Pero si obedeceré, ¿cómo podéis dudar de mí?
Entra la bienamada; las rosas, las orquídeas, el péndulo de Sajonia, Honorio jadeante, vibran como una armonía suya. Honorio se precipita sobre su boca, exclamando «Te amo...».
Epílogo. - Y fue como si hubiese soplado sobre la llama del deseo de la bienamada. Fingiendo estar ofendida por la inconveniencia de ese proceder, huyó y sólo volvió a verla torturándolo con una mirada indiferente y severa...
LAS AMANTES DE FABRICIO
Marcel Proust
La amante de Fabricio era inteligente y hermosa; no podía él consolarse de ello. “No debiera comprenderse, exclamaba gimiendo; su inteligencia me estropea su belleza; ¿me enamoraría de la Gioconda, cada vez que la miro, si al mismo tiempo oyese la disertación de un crítico exquisito?” La dejó y tomó otra querida que era hermosa y desprovista de ingenio. Pero le impedía continuamente gozar de su encanto por una implacable falta de tacto. Luego pretendió ser inteligente, leyó mucho, se hizo pedante y resultó tan intelectual como la primera, con menos soltura y ridículas torpezas. Le rogó que conservara silencio: aun cuando no hablaba, su belleza reflejaba su estupidez con crueldad. Por fin, trabó relaciones con una mujer en la que su inteligencia no se revelaba más que por una gracia sutil, que se conformaba con vivir y no disipaba en conversaciones demasiado precisas el misterio encantador de su naturaleza. Era dulce como los animales graciosos y ágiles, de ojos profundos y turbaba, como el recuerdo punzante y vago de nuestros sueños por la mañana. Pero no se tomó el trabajo de hacer por él lo que hicieran las otras: amarlo.